The Medieval Review 17.06.08


Costello, Hilary, ed. The First Life of Bernard of Clairvaux: William of Saint-Thierry, Arnold of Bonneval, and Geoffrey of Auxerre. Cistercian Fathers Series: Number Seventy-Six. Collegeville: Cistercian Publications, 2015. pp. xli, 286. ISBN: 978-0-87907-176-9 (paperback).



Reviewed by:


Aurelio Pastori Ramos
Universidad de Montevideo, Uruguay
aurelio.pastori@gmail.com

Si bien la vida de Bernardo de Claraval ha sido objeto de numerosos estudios en tiempos modernos (el más recordado sigue siendo, a pesar del tiempo transcurrido, el de Elphège Vacandard Vie de Saint Bernard, abbé de Clairvaux publicado por primera vez en 1895), su relato hagiográfico no ha recibido en realidad tanta atención, y por eso esta edición es, en nuestra opinión, un muy bienvenido aporte al estudio del doctor melifluo. Cabe aclarar que esta obra no es una edición crítica, como correctamente se aclara al comienzo, sino una traducción basada íntegramente en uno de los manuscritos que se conservan del siglo XII, correspondientes a la denominada Recensión B, es decir a la versión revisada y más corta que fue en la que terminó basándose el proceso de canonización, culminado bajo el pontificado de Alejandro III en 1174. Aunque de la versión hagiográfica primigenia, esto es, de la Recensión A existen varias traducciones al inglés y una edición crítica (la de Paul Verdeyen de 2011), de la Recensión B en cambio, ésta es la primera edición moderna, y también la primera traducción al inglés. Las ventajas de contar con una edición de este tipo son indudables, ya que hace accesible el texto a otros sectores, además del público especializado; notoriamente a los estudiantes, y por qué no, también al público en general, que ahora puede comparar ambas versiones en ediciones modernas.

Quien no conozca la obra y los avatares de su composición podría preguntarse acerca de la importancia de tal ejercicio comparativo entre dos versiones de un mismo texto. Pero ese análisis resulta de la mayor importancia porque arroja información muy destacable sobre el proceso de canonización tal y como tenía lugar en la segunda mitad del siglo XII, en general, y sobre el del primer abad de Claraval, en particular.

Desde comienzos del proceso conocido generalmente como reforma gregoriana, y acentuándose a mediados del siglo XII, la elevación a los altares en la Iglesia católica pasa de ser un proceso cimentado en la costumbre y la piedad popular, para transformarse en un trámite jurídico cada vez más riguroso, regulado por el derecho canónico y reservado a la Sede romana, que busca basarse en pruebas formales de la santidad del candidato, así como de su capacidad de intercesión, probada en los milagros que era capaz de obtener debido a ella, tanto en vida como de forma póstuma.

Esta evolución histórica en el trámite de canonización, y los avatares que sufrió en particular en el caso de Bernardo de Claraval, influyeron con claridad en la composición de la Vita Prima. Fallecido el abad de Claraval el 20 de agosto de 1053 en olor de santidad, la Orden del Císter inició de inmediato el esfuerzo para llevar a los altares a su famoso abad. Para eso encargó, como era de uso, un relato hagiográfico que sirviera de base para el expediente de canonización. Así surge la Vita prima, la más antigua y completa de las hagiografías del abad de Claraval. Fue compuesta por tres autores diferentes: Guillermo de Saint-Thierry escribe el primer libro, que abarca desde su nacimiento hasta 1130, entre los años 1145 y 1148; el benedictino Ernaldo de Bonneval compone entre 1152 y 1154 el segundo libro, que incluye los hechos ocurridos hasta 1147. Por último, Godofredo de Auxerre, abad de Claraval desde la muerte de Bernardo, es el responsable, entre 1154 y 1156 de la composición de los últimos tres libros, que abarcan la vida del abad hasta su muerte en 1153, incluyendo algunos acontecimientos inmediatamente posteriores a ésta.

Como ya se ha expuesto, el objetivo de esta obra era apoyar la solicitud de canonización de Bernardo, que es presentada por el Císter al papa Alejandro III y rechazada por éste, por causas no del todo conocidas, en 1162 o 1163. Ante este rechazo, atribuido por algunos a que el relato incluía numerosos nombres de personalidades todavía vivientes, el abad Godofredo se abocó a la modificación del relato hagiográfico, quitándole nombres y datos concretos para ajustarlo más al modelo hagiográfico aceptado, redactando lo que se conoce como Recensión B--para diferenciarla de la versión primera, conocida como Recensión A. Este intento de modificación de la primera Vita genera el rechazo de los compañeros más cercanos de Bernardo, encabezados por Godofredo de la Roche, primo de Bernardo, antiguo cisterciense y obispo de Langres, que había regresado a Claraval; el enfrentamiento entre ambos bandos probablemente fue lo que llevó a la deposición o dimisión de Godofredo de Auxerre a su cargo abacial en 1165. Algún tiempo después, posiblemente entre 1167 y 1170, es compuesta la Vita secunda por Alano de Auxerre, sobre la base de material compilado por Godofredo de la Roche. Este segundo intento biográfico, de menor calidad, no tuvo demasiado éxito, y para la canonización, decretada finalmente en 1173, no se la tiene en cuenta, sino que se termina empleando la Recensión B de la Vita prima.

En lo que concierne al contenido en sí mismo, hoy en día se acepta que el relato hagiográfico del abad de Claraval, durante mucho tiempo considerado un relato histórico relativamente fidedigno, debido especialmente a su proceso de composición en sucesivas redacciones supuestamente criticadas y mejoradas por la propia Orden cisterciense en los años que siguieron a la muerte de Bernardo, presenta numerosas dificultades como teórica vía para el conocimiento del Bernardo histórico.

En primer lugar, su abordaje debe inevitablemente tener en cuenta el género literario en el cual se inscribe. La Vita prima es un relato hagiográfico, que presenta muchas similitudes formales, temáticas y recursos de estilo con obras comparables de la misma época, y aún de tiempos inmediatamente anteriores y posteriores. Su objetivo fundamental es, como en cualquier relato hagiográfico de la época, dar cuenta de un hecho aceptado desde el comienzo: la santidad del protagonista. Obviamente, este objetivo fundamental determina una selectividad de hechos y temas: la información que sirve para esta causa es trasmitida y remarcada, y la que no sirve es por lo general descartada. Las lagunas en la información necesaria o relevante para el objetivo buscado son rellenadas a veces con leyendas que acompañan inevitablemente el prestigio del santo, y toda la información concerniente a la vida interior del personaje podrían ser interpretados como proyecciones del propio autor del relato, más que del protagonista. Queda fuera pues un interés real por preservar la totalidad de los detalles de la vida del santo, y el historiador debe intentar leer entre líneas, en interpretar adecuadamente los silencios, evitando llegar a conclusiones fáciles con esta sola evidencia.

El santo como hacedor de milagros plantea un problema específico. Indudablemente, el prestigio de muchos santos de la época surge de su capacidad de lograr milagros, pero no se puede pedir del relato hagiográfico en este sentido, más de lo que éste puede dar. En el caso específico de Bernardo, resulta indiscutible que éste disfrutó en vida de un importante prestigio como hacedor de milagros, pero también es cierto que por lo general, los autores de los relatos hagiográficos se manejaban con bastante libertad en el relato de estos hechos extraordinarios, probablemente magnificándolos cuando era necesario.

Más allá de la temática de los milagros, el relato hagiográfico de Bernardo abunda por ejemplo en lugares comunes a muchos relatos de este tipo: así por ejemplo cuando se afirma que Bernardo estaba tan concentrado en la contemplación divina que no advertía los detalles de la construcción del monasterio; lo mismo puede afirmarse de su actitud de no recibir a su hermana cuando acude a Claraval, salvo que ella aceptase renunciar al mundo; o de las pruebas a las que es sometida su castidad antes de hacerse monje en el Císter. En síntesis, estamos frente a una fuente que es necesario emplear con suma precaución, y que posiblemente nos dice por lo menos tanto de sus autores como del propio sujeto de la obra.

Adicionalmente, quien aborde la Vita prima en búsqueda del Bernardo histórico tendrá que tener las precauciones de abordar los topoi presentes en este relato hagiográfico, comunes al género. Por citar solamente alguno, está la cuestión de su timidez, que tiende a ser aceptada como un hecho por la mayor parte de la historiografía sobre Bernardo, y en realidad se trata de un lugar común, tomado de las Sagradas Escrituras, de la tradición patrística o de otro relato hagiográfico medieval, de la modestia que debía caracterizar al santo, y especialmente al santo monástico.

Para terminar, podemos afirmar que la presente edición del primer relato hagiográfico del abad de Claraval, por lo demás cuidada y completa, es una bienvenida contribución al estudio de Bernardo de Claraval, al de la orden del Císter, al del monaquismo del siglo XII y al de ese período histórico en general; accesible y útil tanto para estudiantes y especialistas como para público en general. Queda pendiente para futuros editores (y traductores), la publicación de los posteriores relatos hagiográficos bernardianos que se sucedieron a lo largo de los siglos XII y XIII, que son muy interesantes para estudiar la evolución del culto de este importante santo medieval, y que por ahora deberemos continuar dependiendo para su lectura, de la vetusta Patrologia Latina en su volumen 185.



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