17.04.08, Mathieu-Castellani, Le Rossignol poète dans l'Antiquité et à la Renaissance

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María Natalia Bustos de Lezica

The Medieval Review 17.04.08

Mathieu-Castellani, Gisèle. Le Rossignol poète dans l'Antiquité et à la Renaissance . Études et essais sur la Renaissance, 112. Paris:Classiques Garnier, 2016. pp. 235. ISBN: 978-2-8124-4640-5 (paperback).

Reviewed by:

María Natalia Bustos de Lezica
Fordham University
mbustos@fordham.edu

El libro de Mathieu-Castellani se ofrece como un testimonio de la admiración que el ruiseñor y su canto han suscitado en los escritores, no solo de la antigüedad, sino también de la edad moderna (renacimiento italiano y francés y la edad barroca en Francia), y, en palabras de la autora, como "une modeste contribution à un 'Éloge du Rossignol'" (12).

Está dividido en dos partes. En la primera, "Le Chantre Rossignol dans l'Antiquité," la autora enfatiza que los antiguos consideraban el canto del ruiseñor como algo inigualable. Ningún elogio podía ser mayor que comparar a un poeta con un ruiseñor. Presenta los nombres del ruiseñor, que la lengua griega asocia al canto (de la misma raíz que el verbo ádo "cantar" es el sustantivo aedón (de género femenino), que significa "ruiseñor," o incluso "canto del ruiseñor," y el masculino aedón, que significa "cantor") y explica que la etimología parece justificar la leyenda que narra la transformación en ruiseñor de dos heroínas: Aedón, la hija del rey Pandáreo, y Procne, la hija del rey Pandión, cuya hermana Filomela se convirtió en golondrina.

Haciendo referencia luego a las narraciones mitológicas, introduce la más corriente, la de la Biblioteca de Apolodoro, que cuenta que Pandión, rey de Atenas, tenía dos hijas, Procne y Filomela; habiendo llamado a su ayuda, en una guerra, al rey de Tracia Tereo, para agradecerle su ayuda, el rey Pandión le otorgó como esposa a Procne y un hijo Itis nació de la unión. Pero Tereo estaba enamorado de Filomela y la violó y por miedo a que revelara el crimen, le cortó la lengua. Sin embargo, la joven hizo conocer lo sucedido a su hermana bordando la historia en una tela. Decidida a vengarse, Procne mató a Itis e hizo servir los restos a su esposo y escapó con Filomela, para evitar la ira de Tereo. Al ser perseguidas por Tereo, fueron metamorfoseadas por los dioses que se compadecieron de ellas, Procne en ruiseñor y Filomela en golondrina y Tereo en abubilla. Señala que literatura griega usa a menudo antonomasias para referirse a Procne, como, por ejemplo, "la hija de Pandión," lo que complica la interpretación de las alusiones y añade que, mientras que, en la mitología griega, Procne fue metamorfoseada en ruiseñor y su hermana Filomela en golondrina, en la mitología latina, en general, es Filomela la que se convierte en ruiseñor y Procne en golondrina, según la versión acreditada por las Fábulas de Higino. Ovidio, quien le dio color trágico al drama de las hijas de Pandión en la larga secuencia del libro 6 de las Metamorfosis, invierte, como Higino, las transformaciones y no menciona los nombres de las aves que son identificadas por medio de sus descripciones. Esta versión de Ovidio, adoptada por los escritores renacentistas franceses, fue rechazada por los naturalistas modernos que no aceptaban la transmisión del error.

La autora trata en esta primera parte también del canto del ruiseñor presentado por la ciencia natural antigua. En su Historia de los Animales, Aristóteles hace numerosas veces referencias al ruiseñor en el libro 4 dedicado al canto de los pájaros. Comenta que el ruiseñor aprende a cantar cuando es pequeño, lo que indica que lenguaje y voz no son lo mismo y que el primero se aprende. En el libro 9 Aristóteles describe con precisión el canto del ruiseñor y sus variantes según las estaciones. Plinio, que ha leído atentamente a Aristóteles, y consagra el libro 10 de su Historia Natural a los pájaros, describe con más precisión que el filósofo el canto del ruiseñor (el ruiseñor canta durante 15 días y 15 noches sin interrupción, cuando en los árboles comienzan a crecer las hojas). Para Plinio la maravilla reside en que un cuerpo tan pequeño posea una voz tan fuerte y de tan largo aliento y en que su canto se ajuste tan perfectamente a las leyes de la armonía y de la música. Para él, una prueba de que estos pájaros ponen arte en su canto es que no todos cantan los mismo, sino que cada uno canta diferentes melodías y compiten entre sí en el canto, perdiendo el que es vencido al mismo tiempo la vida y la competición. Los ruiseñores jóvenes aprenden a cantar de los otros y son corregidos. Por su parte, Plutarco también muestra su admiración por el ruiseñor en su tratado Los animales utilizan la razón, donde muestra las capacidades sorprendentes de los animales. En otro tratado, Plutarco menciona nuevamente el hecho de que el ruiseñor es instruido en el canto y señala que el canto del ruiseñor libre es mucho más bello que el del que fue alejado joven del nido y vive enjaulado, un motivo que será retomado por los poetas del renacimiento. Frente a todos los elogios de que el ruiseñor es objeto, es San Agustín quien introduce una crítica al ruiseñor en su tratado De musica, donde el maestro en diálogo con su discípulo, queriendo demostrar que la música es una ciencia, obra de la razón, afirma que el ruiseñor no es un artista, porque, por ser privado de razón, no posee esta ciencia. El ruiseñor es comparable a los que cantan bien, pero sin poseer conocimientos musicales. Los naturalistas modernos, como Pierre Belon, Pierre Boaistuau, Ambroise Paré, Etienne Biner, Buffon, retoman los análisis de Aristóteles, Plinio y Plutarco y ninguno pone en duda el arte del ruiseñor, unánimemente alabado.

En las últimas secciones de la primera parte, la autora presta atención a las diferencias entre las características atribuidas al ruiseñor por poetas griegos y latinos. En la literatura griega, el ruiseñor aparece como mensajero de la primavera, y como imagen de la excelencia poética, y su canto es evocado en los dolorosos lamentos trágicos. El ruiseñor que anuncia la primavera aparece en Hesíodo (Trabajos y Días, 568-569), en una oda de Anacreonte (Oda 43) y un fragmento de Safo. El ruiseñor como artista incomparable aparece en Hesíodo quien imagina que el canto del ruiseñor despierta los celos de los otros pájaros, furiosos por no poder igualarlo (Trabajos y días, 203-208) y en la poesía de Teócrito que, en el idilio 12, se refiere al ruiseñor como "príncipe del canto"; en el idilio 18 ("Epitalamio a Helena"), lo presenta como maestro del canto amoroso de las jóvenes que celebran las bodas de Menelao y Helena; y en el idilio 5 donde Comatas declara que las cotorras no deben desafiar al ruiseñor, ni las abubillas a los cisnes (136-137). Por otra parte, los lamentos del ruiseñor (Procne) son evocados en las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides y en la comedia Aves de Aristófanes, donde el coro muestra como estos lamentos estimulan la inspiración poética (676-684). En el libro 19 de la Odisea, Penélope se compara a la desdichada Aedón metamorfoseada en ruiseñor.

Entre los poetas latinos, Plinio describe en su Historia Natural el canto del ruiseñor con precisión. Pero es a Ovidio al que debemos el relato trágico del drama de las hijas de Pandión en una larga secuencia del libro 6 de las Metamorfosis. El poeta en el exilio hará alusión a este episodio en otras obras también. En Tristes se refiere al destino trágico de la pasión amorosa (libro 2, 103); en Las Pónticas evoca a "la hija de Pandión," al ruiseñor en jaula para mostrar sus sentimientos de exiliado; en su poema satírico Ibis, le desea a su enemigo y causante de su exilio (Higino que lo habría calumniado) diferentes suplicios sufridos por héroes de la mitología, como Itis el hijo de Tereo. Procne (la golondrina) es evocada por Marcial y Virgilio y asociada a Medea en El arte de amar y en Amores de Ovidio y en la sátira contra las mujeres de Juvenal. Entre los poetas latinos, es muchas veces difícil entender qué figura mitológica está detrás del ruiseñor porque no se menciona el nombre de la joven metamorfoseada. Como los poetas griegos, también los latinos tienen al ruiseñor por el mejor músico y se complacen en compararlo con los otros pájaros para marcar su excelencia. Esto es evidente en la Bucólica 6 de Calpurnio, en el "Elogio de Pisón", de Pseudo-Calpurnio, o en el Satiricón de Petronio. El lamento trágico de Filomela es evocado por Virgilio en el libro 4 de las Geórgicas, por Propercio en el poema 20 del libro 2 y en 10 del libro 3, y por Séneca, que introduce referencias a Filomela en sus tragedias que ilustran la violencia de las pasiones (en particular en Agamenón, Hércules en el Eta, Tiestes y Octavia).

La segunda parte, "Le Chantre Rossignol à la Renaissance et à l' âge Baroque," se concentra en el canto del ruiseñor en la poesía francesa del renacimiento y también de algunos escritores de fines del siglo XVI y principios del XVII, la edad barroca. En esta parte, la autora trata los temas del poeta como rival del ruiseñor, el ruiseñor como mensajero de la primavera, los versos amorosos del ruiseñor, los lamentos de Filomela y Procne y el arte de la música del ruiseñor. La autora muestra cómo Ronsard y sus discípulos, inspirados en Petrarca y Bembo, centran su atención en la asimilación de ruiseñor y poeta, poeta y ruiseñor. El ruiseñor goza de una atención privilegiada dada por los poetas de la Pléyade y, en especial, por Ronsard que no cesa de rivalizar con el ruiseñor e incluso declara en uno de sus poemas que "Rossignol vient du nom de Ronsard" (95). Los poetas del renacimiento celebran al ruiseñor como mensajero de la primavera (Du Bellay lo llama "l'eveilleur du rustique sejour" y Belleau, "Fidele avant-coureur du beau printemps nouveau" (120)), y presentan una visión idílica en la que el dulce canto del ruiseñor invita a disfrutar de los placeres en la paz del campo, lejos de la ciudad. Consideran al ruiseñor como un músico, unas veces alegre, otras veces plañidero, cuyos tonos expresan los tormentos y alegrías del amor (138). Los poetas manieristas, por su parte, Desportes, Pontus de Tyad, Théophile, Saint-Amant o Tristan, ven el canto del ruiseñor un eco melancólico de su propio lamento. Estos poetas, poco proclives a la violencia, privilegian la dulzura de la elegía y del lamento melancólico. Y los poetas barrocos, como Jean de la Taille y Christofle de Beaujeu, recuerdan el trágico drama de las heroínas griegas. El canto del ruiseñor evoca los acentos trágicos de la desdichada joven que sigue llorando su desgracia y gritando su sed de venganza (150). Esta segunda parte del libro culmina con la presentación de poetas que elogian el canto del ruiseñor y su carácter inimitable y rivalizan con él (el poema "Ruiseñor" de J. Peletier du Mans, detalla con gran precisión las distintas modulaciones del canto); finalmente la autora introduce una lista de términos con los que los poetas describen los rasgos principales de la música del ruiseñor (el registro, la rapidez, la modalidad, los acentos y acordes).

El libro cierra con una conclusión, bibliografía y lista de nombres. En la conclusión la autora enfatiza que todavía ahora el canto del ruiseñor es emblema de poesía y muestra su admiración ante el hecho de que, como señala Plinio, de un cuerpo tan pequeño pueda provenir una melodía tan bella y que se ajusta tan bien a las reglas de la armonía y la música.

La obra de Mathieu-Castellani presenta un recorrido del tratamiento de la figura del ruiseñor en autores antiguos y modernos. No profundiza en muchas ideas interesantes como la relación entre arte y naturaleza o educación y aprendizaje, porque no es su objetivo. Sin embargo, el libro invita a investigar muchos de estos temas y a revisar el significado que la figura del ruiseñor otorga a las obras en las que está presente.

Algún mínimo detalle para mencionar es la inconsistencia en el modo de introducir las indicaciones de páginas y versos de las distintas obras. Algunas veces estas indicaciones aparecen después de la cita en el texto, pero otras veces figuran en nota a pie. Y en la página 48 falta la referencia al fragmento de Safo del que solo le indica el número de página de la traducción. Finalmente, creo que quizá una referencia hubiera sido necesaria en la página 30, donde la autora introduce una cita de A. Toussenel para ilustrar cómo el canto del ruiseñor no es solo un lamento triste sino una encantadora melodía de amor, pero el lector no comprende de qué poesía habla la cita.

Fuera de estos pequeños detalles, la obra es realmente un "elogio al ruiseñor" y una colección valiosísima y completísima de fuentes que dan cuenta de la consideración del ruiseñor en la literatura y en la historia natural y que nos llevan a apreciar la importancia de este pequeño cantor de la naturaleza y a reflexionar, gracias a su asociación con la poesía y los poetas, sobre la relación entre talento y esfuerzo en la creación poética, entre aprendizaje y capacidad innata, y entre expresiones emocionales y artísticas.

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