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                <journal-title>The Medieval Review</journal-title>
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            <issn pub-type="epub">1096-746X</issn>
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                <publisher-name>Indiana University</publisher-name>
            </publisher>
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            <article-id pub-id-type="publisher-id">22.01.15</article-id>
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                <article-title>22.01.15, Tomás Faci, El aragonés medieval</article-title>
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                        <surname>Francho Chabier  Nagore Laín</surname>
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                    <aff>Universidad de Zaragoza</aff>
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                        <email>fnagore@unizar.es</email>
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            <pub-date publication-format="epub" date-type="pub" iso-8601-date="2022">
                <year>2022</year>
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                        <surname>Tomás Faci, Guillermo</surname>
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                    </name>
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                <source>El aragonés medieval: Lengua y Estado en el reino de Aragón</source>
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                <year iso-8601-date="2020">2020</year>
                <publisher-loc>Zaragoza, Spain</publisher-loc>
                <publisher-name>Prensas de la Universidad de Zaragoza</publisher-name>
                <page-range>Pp. 336</page-range>
                <price>€23.08 (hardback)</price>
                <isbn>978-841-3400-563 (hardback)</isbn>
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                <copyright-statement>Copyright 2022 Trustees of Indiana University. Indiana University provides the information contained in this file for non-commercial, personal, or research use only. All other use, including but not limited to commercial or scholarly reproductions, redistribution, publication or transmission, whether by electronic means or otherwise, without prior written permission of the copyright holder is strictly prohibited.</copyright-statement>
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        <p>Es un libro novedoso y de gran interés, tanto para historiadores como para lingüistas. El
            autor insiste en varios pasajes en que se trata de un estudio de carácter histórico,
            puesto que él es historiador; sin embargo, de forma continua se hacen análisis
            sociolingüísticos y estrictamente lingüísticos. A nosotros, por nuestra dedicación a la
            lingüística y a la filología, son esos análisis los que más nos han interesado.</p>
        <p>A lo largo de todo el siglo XX, muy especialmente en los últimos años, y también en los
            dos primeros decenios del siglo XXI, se han publicado numerosos estudios sobre el
            aragonés medieval y sobre todo ediciones de textos medievales, así como algunos
            vocabularios. Sin embargo, es la primera vez que se publica un estudio extenso sobre el
            aragonés medieval en el que se abordan de forma conjunta todos los problemas
            relacionados con él: la propia denominación, es decir, el glotónimo; la conciencia
            lingüística que supone el uso del glotónimo por parte de los usuarios del sistema
            lingüístico; la caracterización lingüística; la relación entre lengua y poder; las
            diferencias de uso según la clase social, con especial incidencia en el uso del aragonés
            por parte de la Cancillería de la Corona de Aragón; las relaciones con los romances
            vecinos, tanto el castellano como el catalán; en fin, el proceso de
            castellanización.</p>
        <p>En la Introducción (9-31) el autor expone brevemente el estado de la cuestión sobre el
            aragonés medieval, así como su propuesta de estudio. Como indica, “no pretende ser una
            “historia externa del aragonés”, ni tampoco de “sociolingüística histórica”, sino un
            estudio de historia social y política del Aragón medieval que toma la lengua como
            argumento central” (26). Termina la introducción con un párrafo en aragonés, pero llama
            la atención que no lo escribe en aragonés literario común, sino en la variedad dialectal
            alto-ribagorzana (siendo que el autor es de Zaragoza), y que no utiliza las Normas
            gráficas del aragonés (las que han supuesto la recuperación y codificación del aragonés
            moderno desde hace unos 50 años), sino la grafía propuesta unilateralmente hace menos de
            diez años por una asociación cultural zaragozana.</p>
        <p>El capítulo primero (33-34) plantea “la definición de una nueva lengua”, es decir el paso
            de un romance sin nombre y escasamente estructurado al romance ya más definido con una
                <italic>scripta</italic>común que adopta la denominación de <italic>lengua
                aragonesa</italic>, cuestión que para el autor no es una casualidad, sino que se
            debe fundamentalmente al interés de la monarquía aragonesa. Parece claro que el primer
            testimonio del aragonés son las Glosas Emilianenses, redactadas en la segunda mitad del
            siglo XI: sin embargo, el autor prefiere quedarse en un terreno ambiguo diciendo que es
            una época demasiado temprana para poner etiquetas como “aragonés” o “castellano”. Un
            hito fundamental en ese proceso fue la redacción de los Fueros de Aragón en 1247,
            encargada por Jaime I de Aragón al obispo de Huesca Vidal de Canellas. Para el autor,
            este sería el primer producto lingüístico uniformizador, que bajo el concepto de
                <italic>lengua aragonesa</italic> da unidad y coherencia al conjunto de dialectos de
            Aragón. </p>
        <p>Conviene dejar claro que el autor se refiere en todo momento a la lengua escrita, es
            decir la <italic>scripta</italic>, que es la que podemos conocer de forma directa por los
            documentos, y no a la lengua oral, que solo se refleja de una manera muy parcial y
            esporádica en la documentación escrita. Lo que el autor denomina “aragonés común”,
            refiriéndose al aragonés de la Edad Media, es una variedad exclusivamente escrita. La
            lengua oral mostraría, sin duda, una gran variación diatópica, pero también
            características más genuinas--algunas de las cuales todavía se pueden encontrar en los
            dialectos modernos del Alto Aragón. Sin embargo, al autor no le interesa esa realidad
            más viva y más genuina. Incluso critica que algunos investigadores intenten encontrar
            vestigios de la lengua popular hablada en los documentos. De manera que se centra en la
            lengua escrita común, sin duda con un mayor grado de artificiosidad y convencionalismo,
            y quizá también de elementos foráneos (aunque esto no lo reconoce claramente el autor).
            Esta lengua escrita es también más homogénea y apenas tiene pequeñas diferencias entre
            la usada en el Alto Aragón y en el Valle del Ebro. Sin embargo, el autor no explica
            satisfactoriamente esas diferencias. Tradicionalmente se han explicado debido a
            castellanización (ya Manuel Alvar en 1953 y otros después), cosa que el autor rechaza y
            prefiere hablar de “nivelación de las peculiaridades locales a favor de soluciones más
            generales” (36). Ahora bien, si con la repoblación cristiana se extiende hacia el Valle
            del Ebro el aragonés de los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, así como de los
            somontanos prepirenaicos, zonas todas ellas donde el morfema de pretérito imperfecto de
            indicativo es -<italic>aba</italic>, -<italic>eba</italic>, -<italic>iba</italic>
                (<italic>puyaba, meteba, partiba</italic>), no solo en la Edad Media sino hasta hoy
            en día, no puede entenderse que de la convergencia del aragonés de las distintas zonas
            altoaragonesas surgiera -<italic>aba, -ía, -ía</italic> (<italic>puyaba, metía,
                partía</italic>), tal como se manifiesta mayoritariamente (las excepciones son muy
            escasas) en el denominado por el autor “aragonés común”. Pero al autor no le parece un
            castellanismo, sino una convención gráfica. Lo mismo ocurre con el artículo masculino
            singular, que es <italic>lo</italic> u <italic>o</italic> (<italic>ro</italic> tras
            vocal) en la mayor parte del Alto Aragón, y sin embargo en el “aragonés común” medieval
            se usa habitualmente <italic>el</italic>. No resulta convincente achacar estos y otros
            casos semejantes a “nivelación” o “convergencia”, a no ser que se esté pensando en la
            influencia de otros romances en el aragonés, principalmente el romance castellano. </p>
        <p>El autor deja al margen la <italic>scripta</italic> aragonesa de las Serranías Ibéricas
            (comunidades de Calatayud, Daroca, Albarracín, Teruel), puesto que tiene diferencias muy
            notables, con algunos rasgos semejantes al castellano. Por desgracia, la producción más
            extensa y más importante en aragonés medieval que podemos atribuir a un autor (o al
            menos a su iniciativa, a su taller y a su entorno), la de Johan Ferrández de Heredia,
            está escrita mayoritariamente en este tipo de aragonés. Nosotros ya hicimos notar hace
            años (2007), al estudiar el Fuero de Albarracín y el Fuero de Teruel, que en este tipo
            de aragonés suroccidental, que denominamos “aragonés de las Serranías Ibéricas”, están
            ausentes algunos rasgos lingüísticos que caracterizan al aragonés. Por ejemplo, el grupo
            latino -ULT-, que en aragonés da <italic>-uit-,</italic> lo encontramos como
                <italic>-ch-</italic> (<italic>mucho</italic>, y no <italic>muyto</italic>); igual
            ocurre con el grupo -CT (<italic>dicho</italic>, y no <italic>dito</italic>;
                <italic>noche</italic>, y no <italic>nueyt</italic>).</p>
        <p>Más recientemente, en un estudio de carácter general sobre el aragonés medieval
            concretamos que dentro del dominio lingüístico románico navarroaragonés se pueden
            establecer tres áreas geográficas, con variedades distintas: a) aragonés propiamente
            dicho; b) aragonés de las Serranías Ibéricas; c) navarro. [1] Es un estudio que G. Tomás
            no pudo consultar, pero suponemos que en lo sustancial estaría de acuerdo con esta
            clasificación. Quizá con una matización, que deducimos de lo que expresa varias veces en
            su libro: que el navarro, a pesar de las grandes similitudes con el aragonés (recordemos
            que suele hablarse de “navarroaragonés”) se consideraba en la Edad Media un idioma
            aparte, pues empezó a utilizarse en la escritura bastante antes que el aragonés y la
            cancillería de Navarra hizo todo lo posible por distinguirlo específicamente (sobre todo
            por las grafías, pero también por algunos rasgos fonéticos, morfosintácticos y
            léxicos).</p>
        <p>El capítulo 2 (73-132) lo dedica precisamente a estudiar “la norma culta de la lengua
            vulgar”, es decir, la construcción de un modelo culto de lengua escrita, la
                <italic>scripta</italic> medieval aragonesa, que el autor denomina <italic>aragonés
                común</italic>. Resume--apoyándose en varios estudios--las principales
            características de esta lengua común que manifiesta “predilección por ciertas formas
            coincidentes con el castellano y el navarro, en casos donde el habla solía decantarse
            por soluciones más próximas al occitano” (79). Habla también el autor de “la
            preponderancia del influjo ibérico sobre el franco” (80) y de la “huella del castellano”
            (80), lo cual explica sus anteriores afirmaciones sobre la “nivelación”: es decir, no se
            trata de nivelación interna de variantes propias, sino de incorporación de elementos
            foráneos. Por otro lado, el autor sugiere que la <italic>scripta</italic> aragonesa
            común coincidía fundamentalmente con el habla del valle del Ebro (81). Aunque lo
            sospechemos, resulta una deducción en exceso arriesgada, ya que, como sabemos, la lengua
            de los documentos es una lengua convencional que no refleja con exactitud el habla; por
            otro lado, siempre habría que tener en cuenta esos elementos extraños al aragonés, que
            no terminan de entenderse. Por cierto, el autor nos cita, a propósito de esta cuestión,
            manifestando que no comprende que aludamos a “los ‘elementos lingüisticament
            castellanos, que contrastan con as formas propiament aragonesas’ para describir aquello
            que no se ajusta a su concepción de lengua aragonesa” (94). Pues bien, la cita, que
            procede de un estudio redactado en aragonés moderno, está deformada, puesto que en el
            original publicado se lee “lingüisticamén” y “propiamén”: el autor ha escrito estos
            adverbios como en aragonés medieval. Es decir, no se ha respetado la literalidad de la
            cita, lo cual no resulta aceptable en el mundo académico.</p>
        <p>El capítulo 3, “Lengua y política en Aragón”, se centra en la “creación y difusión de una
            ideología lingüística que naturalizaba el aragonés como idioma autónomo y favorecía
            tendencias convergentes entre los usuarios (sobre todo, en registros formales).” Lo que
            el autor trata de probar aquí es que ese proceso fue “inherente al desarrollo de Aragón
            como Estado” (133). Es decir, tanto la creación del glotónimo (<italic>lengua
                aragonesa</italic>), que se trata en el capítulo 1, como las tendencias
            unificadoras, que se estudian en el capítulo 2, y la extensión del aragonés a los usos
            públicos, con la eficaz ayuda de la Cancillería y de los notarios o escribanos, que se
            explica en este capítulo 3, son para el autor consecuencia de factores o fuerzas de
            naturaleza política. Aquí analiza el uso del aragonés y del catalán por parte de la
            administración de la Casa Real de Aragón (a partir de 1260; antes en latín), los usos
            idiomáticos de la Cancillería Real, es decir la lengua usada personalmente por el rey
            para dirigirse a sus súbditos, al principio el latín, luego, a partir de Pedro IV
            (1336-1387), el aragonés (un aragonés común semejante al de los notarios y las
            instituciones del reino) para dirigirse a los aragoneses, o el catalán, para dirigirse a
            los catalanes y valencianos.</p>
        <p>El capítulo 4 (pp. 217-282) aborda el proceso de castellanización. En el último tercio
            del siglo XV y primeros años del XVI el aragonés fue reemplazado por el castellano en
            casi todas las expresiones escritas. Y también el catalán, aunque en este caso se
            encuentran algunos notarios que trabajan a caballo entre Aragón y Cataluña que todavía
            usan el catalán en los ss. XVI y XVII. El autor destaca el hecho de que, en el caso del
            aragonés, se trata de una sustitución prácticamente total, pero que no se da de forma
            brusca, sino progresivamente: primero en la Corte, en especial desde la instalación de
            Alfonso V en Nápoles a partir de 1442, y en la Cancillería real; después en la nobleza y
            clases dirigentes de Aragón, que imitan la lengua de la Corte; finalmente el pueblo
            llano y las clases iletradas, que mantendrán durante mucho más tiempo el aragonés,
            aunque solo oralmente. A este respecto, el autor cita algunos testimonios documentales,
            muy interesantes, del s. XVII, donde se registran algunos usos populares en aragonés
            incrustados en textos mayoritariamente en castellano, como: “Que vengaz” (1621); “No
            veyes que ye Philippo?” (1626). En este contexto, el autor manifiesta el interés que
            puede tener documentar estos vestigios para estudiar en detalle la cronología de la
            castellanización, tanto diastrática como diatópicamente. El autor analiza de forma
            minuciosa las causas de la castellanización y los factores que pudieron influir en este
            proceso, que son variados y mutuamente se refuerzan: la causa remota es la instauración
            de una dinastía castellana: los Trastámara (aunque la Cancillería continúa utilizando el
            aragonés algunos decenios después de 1412, la lengua personal de los monarcas era ya el
            castellano, y eso influyó a la larga); los factores confluyentes: el creciente prestigio
            del castellano y la imitación social; la escasa distancia lingüística entre aragonés y
            castellano; el comienzo de la imprenta a finales del s. XV en Zaragoza, donde se imprime
            en castellano con vistas a un mercado más amplio (los Fueros de Aragón todavía de 1476
            se imprimen en aragonés, pero los de 1496, mayoritariamente en castellano); el
            surgimiento de la idea de la monarquía hispánica con los Reyes Católicos; el cambio del
            ideal de corrección lingüística, pues el aragonés pierde prestigio y si desde el s. XIII
            hasta 1475, aproximadamente, el aragonés había desarrollado un modelo culto, entre 1475
            y 1520 esto se desmorona y el espacio del aragonés escrito es ocupado por el castellano.
            El autor insiste en que el cambio se produce debido a las ideologías lingüísticas y las
            políticas vinculadas a estas. En unos decenios incluso se olvidó, por parte de las
            clases dirigentes aragonesas, que el aragonés había sido la lengua del reino a lo largo
            de la Edad Media, hasta el punto de negar los propios aragoneses que el aragonés fuese
            otra cosa distinta del castellano (varias citas atestiguan ese punto de vista). Por
            cierto, semejante ignorancia se prolongó hasta tiempos recientes, y no solo en
            referencia al aragonés medieval sino también al aragonés moderno conservado hasta hoy en
            el Alto Aragón (aunque amenazado gravemente de extinción).</p>
        <p>En definitiva, se trata de un libro de gran interés, imprescindible para quien quiera
            conocer la historia y vicisitudes de la lengua aragonesa en la Edad Media. Cabe destacar
            la extensa bibliografía manejada por el autor, así como la amplísima documentación
            aportada, no solo procedente de textos ya editados sino también de documentos inéditos
            que el autor ha consultado en diferentes archivos (especialmente el Archivo de la Corona
            de Aragón, pero también otros muchos, como el Archivo Histórico Nacional de Madrid, el
            Archivo Histórico Provincial de Huesca, el Archivo Municipal de Huesca, el Archivo
            Histórico Provincial de Zaragoza, el Archivo Histórico de Protocolos Notariales de
            Zaragoza, la Biblioteca Nacional de España, el Archivo Diocesano de Zaragoza, etc.).
            Pese a algunos reparos muy leves, como algunas deducciones un tanto arriesgadas, la
            falta de rigor en alguna cita (al no respetar su literalidad) o la manifiesta antipatía
            que el autor manifiesta hacia el aragonés literario común moderno –quizá por falta de
            suficiente conocimiento–, hemos de reconocer que el libro de G. Tomás Faci es una
            valiosa contribución al conocimiento del aragonés medieval, y muy novedosa, puesto que,
            frente a análisis exclusivamente lingüísticos, añade la visión del historiador,
            analizando la relación entre lengua y poder, así como factores sociales, políticos,
            económicos y culturales que influyeron en el devenir del aragonés medieval, tanto en su
            apogeo y general implantación en el reino de Aragón como en su posterior decaimiento y
            sustitución por el castellano en la escritura.</p>
        <p>--------</p>
        <p>Notas:</p>
        <p>1. Francho Nagore Laín, “El aragonés en textos medievales no literarios: aspectos de
            morfosintaxis,” en <italic>Aragonés y catalán en la historia lingüística de
                Aragón</italic>, eds. J. Giralt y F. Nagore (Zaragoza: Prensas de la Universidad de
            Zaragoza, 2020), 69-123.</p>
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